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¿Ha escuchado hablar alguna vez del frasco de Dewar? Imagino que este nombre no le resulta familiar.  Sin embargo, son tantas las razones que usted tiene para estar agradecido de este extraordinario frasco, que de seguro el señor Dewar se sentiría muy defraudado si supiera que usted desconoce su nombre.  Permítame decirle que gracias al frasco ideado por sir James Dewar (1842-1923) usted puede mantener caliente durante muchas horas el agua recién hervida, y así disfrutar de un agradable café o un té durante una fría mañana de invierno.  También puede conservar bien helado un refresco o una limonada para saciar su sed mientras goza de la playa y el Sol.  Incluso usted, devoto padre de familia, puede llegar muy tarde en la noche después de su trabajo, y encontrar su cena caliente y lista para servirla, porque su esposa se ha preocupado de guardarla dentro de un frasco de Dewar.  Podría citar muchos otros ejemplos, pero no quisiera continuar alimentando sus sentimientos de culpa por no recordar al buen señor Dewar.

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Pese a su carácter retraído y nostálgico, el científico francés Blaise Pascal (1623-1662) demostró poseer un gran sentido del espectáculo al realizar públicamente un experimento que dejó perpleja a su concurrencia.  En la parte superior de un barril de vino repleto con agua, Pascal practicó un pequeño orificio por el cual introdujo un tubo hueco delgado de gran longitud, sellando de manera hermética la unión.  Acto seguido, valiéndose de una jarra fue vertiendo aproximadamente un litro de agua dentro del tubo hasta conseguir que las juntas del barril reventaran (figura 1).  En otras palabras, el experimento de Pascal probó ante la mirada atónita de su público que tan solo un kilograma de agua (un litro) (1) puede producir el mismo efecto que sería esperable alcanzar mediante algunas toneladas de este líquido.

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Debo confesar que soy un devoto de la pizza. De entre todas las delicias culinarias que he tenido el placer de degustar, la pizza me ha parecido siempre la más apetitosa. Su incomparable textura, su delicioso aroma, su exquisito sabor cautivaron mi paladar hace ya mucho tiempo. Sin embargo, mis primeras experiencias no fueron todo lo gratas que hubiese deseado, pues mi paladar debió padecer dolorosas quemaduras hasta que finalmente comprendí que la pizza no sólo merece devoción, sino también mucho respeto. Aquella dolorosa experiencia, unida a la pasión que la pizza comenzó a despertar tempranamente en mí, no tardaron en abrir mi apetito científico, y las preguntas empezaron a agolparse en mi cabeza. ¿Por qué la pizza es capaz de mantenerse caliente por tanto tiempo? ¿Cuál es la razón de que exista tanta diferencia si la boca entra en contacto con el queso o la masa? ¿Por qué el queso produce quemaduras tan dolorosas?

 

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Durante la temporada de verano, pocas experiencias resultan más gratificantes que pasar largas horas bajo el Sol, recostado sobre cálidas arenas mientras se disfruta del vaivén de las olas, del apacible soplo del viento, de un buen refresco, y del irresistible placer de contemplar tantas y tan espléndidas bellezas naturales exhibiéndose en sus diminutos trajes de baño. Por desgracia, con el transcurso del tiempo se ha vuelto cada vez más riesgoso disfrutar de unas merecidas vacaciones en compañía del astro rey debido principalmente al adelgazamiento de la capa de ozono y a la temible acción de los rayos ultravioleta. Por lo tanto, hoy más que nunca resulta de enorme importancia conocer los peligros derivados de la exposición solar y las medidas de precaución que podemos adoptar. Las sugerencias que nos hacen los expertos incluyen el uso de bloqueadores solares, lentes de Sol, sombreros, quitasoles, e incluso ropa amplia y larga que no deje expuesta nuestra piel. Todas estas medidas resultan de gran utilidad, y desde luego son bien conocidas por todos. Existe, sin embargo, una medida de resguardo que a mi juicio ha sido menos difundida y que tiene la ventaja de ser más sencilla y económica que todas las citadas antes: se trata de evitar exponerse al Sol durante aquellas horas que revisten mayor riesgo para nuestra salud. En otras palabras, debemos determinar con criterio científico las horas del día durante las cuales la luz del astro rey resulta menos perjudicial. Desde luego, tal como sucede con algunas de las otras medidas, los riesgos no desaparecen del todo; solo se reducen de forma importante.

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Debo confesar que no tengo en alta estima el trabajo de algunos periodistas, pues siempre me ha parecido que muchos de quienes ejercen esta noble profesión padecen de una tendencia casi compulsiva a opinar con propiedad y ligereza respecto de los más diversos temas, incluso aquellos en los cuales su falta de competencia es ampliamente conocida y reconocida, como ocurre en el ámbito de la ciencia y la tecnología, donde la preparación e idoneidad periodísticas suelen ser sumamente deficientes, por no decir paupérrimas. Como no deseo pecar de parcialidad o falta de objetividad en mis juicios, también debo confesar que en varias ocasiones he tenido la dicha de toparme con periodistas que cuentan con una formación científica sólida, pero me bastan los dedos de ambas manos para contar aquellas honrosas excepciones. Si mis palabras le perecen demasiado duras, permítame relatar un bochornoso incidente que espero le haga cambiar de parecer, o al menos le haga reflexionar detenidamente acerca del rol de los medios de prensa en la difusión de las ideas científicas. El incidente que me dispongo a narrar tiene como principal protagonista a una de las publicaciones periodísticas más prestigiosas del mundo; me refiero al New York Times. El otro protagonista de esta historia es el brillante físico estadounidense y pionero de la cohetería espacial, Robert H. Goddard.

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Superman fue el gran héroe de mi infancia. Su incansable lucha contra las fuerzas del mal, su profundo sentido de la justicia, y por sobre todo sus extraordinarios poderes, despertaban en mi una admiración casi ilimitada. En mi inocencia, pensaba que no había hazaña que el hombre de acero no pudiese realizar, enemigo que no pudiera derrotar ni obstáculo que no pudiese vencer. Años más tarde descubrí con decepción que hasta los más grandes superhéroes están sometidos a las leyes naturales. Pero eso no fue todo, pues mi decepción siguió creciendo cuando comprendí que una simple e inocente bombilla para beber refrescos podía transformarse en un obstáculo insalvable, incluso para el mismo Superman.

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En innumerables ocasiones me he visto envuelto en agrias polémicas en torno a la presunta realidad de fenómenos paranormales, parapsicológicos o sobrenaturales. Si bien, mi postura consiste generalmente en un moderado y respetuoso escepticismo, que pretende invitar a mi interlocutor a revisar con sentido crítico sus puntos de vista, mi escepticismo suele ser recibido con profunda hostilidad. Parapetados tras el reducto del dogmatismo y la intolerancia, quienes defienden estas posturas suelen esgrimir como argumentos los más disparatados ejemplos, testimonios y antecedentes, que pocas veces resisten un análisis cuidadoso. De entre todos estos argumentos, existe uno que resulta particularmente persuasivo, y de ello doy testimonio personal: me refiero a las caminatas sobre brasas ardiendo. ¿Quién no ha observado alguna vez con estupor aquella impactante proeza? Un faquir descalzo camina sobre brasas al rojo sin experimentar el más mínimo daño. No hay señales de heridas ni quemaduras; tampoco se observan signos de dolor. Además, la hazaña se desarrolla a escasa distancia de la concurrencia, que puede dar fe de la veracidad del espectáculo que está presenciando.

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