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Una mezcla de incredulidad y de asombro se apoderó de mí en aquel instante. Cuanto más se esforzaba mi mente infantil en develar aquel misterio, más imposible me parecía lo que estaba observando: dos tenedores ensartados en un corcho se mantenían en perfecto equilibrio sobre la punta de un alfiler. Más increíble aún; por más que mi abuelo desplazaba aquel artilugio hacia un lado o hacia otro, el conjunto se mantenía en equilibrio, oscilando desafiante sobre la punta del alfiler. Mi dulce abuelo, que sólo intentaba entregarme un poco de diversión, seguramente no contaba con el agobiante interrogatorio al que luego sería sometido. ¿Qué fuerza misteriosa mantenía en equilibrio aquel artilugio? ¿Por qué oscilaba? ¿Contradecía aquello las leyes físicas conocidas? Muy a mi pesar, pronto descubrí que los conocimientos científicos de mi abuelo eran insuficientes. Debieron transcurrir más de dos décadas para que mis preguntas fueran debidamente respondidas. La explicación se me hizo evidente poco después de concluir mis estudios de física, mientras recordaba aquella asombrosa experiencia infantil.

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Figura 1. El artilugio de mi abuelo. Dos tenedores ensartados en un corcho atravesado por un alfiler

 

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Quién no ha escuchado alguna vez la capciosa pregunta ¿qué pesa más, una tonelada de hierro o una tonelada de madera? Por lo general, los incautos se apresuran a responder que la tonelada de hierro, provocando la risa y más de algún comentario malicioso de quienes se consideran más listos.

Seguramente, los astutos reirían aún más si alguien respondiera que pesa más la tonelada de madera. Sin embargo, para regocijo de los incautos, esta última respuesta es correcta, por más desconcertante que a primera vista pueda resultar. La explicación de esta aparente paradoja se encuentra en un principio físico que lleva el nombre de su ilustre descubridor: el principio de flotación de Arquímedes.

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