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Una extraña mezcla de admiración y desconcierto se apoderó de mi la primera vez que observé un frasco de Mariotte.  En un comienzo me sentí desorientado, incluso confundido, puesto que aquel modesto artefacto parecía desafiar ideas profundamente arraigadas durante mis años de estudio.  A través de un pequeño orificio practicado en la base de un recipiente repleto de agua, emergía un chorro uniforme de líquido, vale decir, la corriente no perdía rapidez, pese al continuo descenso del nivel de agua (ver figura 1).  Como si esto fuera poco, el frasco contenía otros dos orificios por los cuales  no salía agua.  ¿Por qué el chorro  no pierde fuerza en la medida que desciende el nivel de líquido, tal como exige la ley de Torricelli? ¿Por qué no fluye agua por los restantes agujeros? ¿Acaso mis conocimientos de mecánica de fluidos estaban flaqueando? Tales fueron las preguntas que comenzaron a acosarme y que en un comienzo me sentí incapaz de responder.  Sin embargo, luego de algunos minutos de reflexión, y después de invertir una buena dosis de esfuerzo, las respuestas comenzaron a surgir.  Me sentí aliviado al comprender que la ley de Torricelli seguía vigente… mi alivio fue aun mayor al darme cuenta que mis conocimientos estaban a la altura de las circunstancias.

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¿Ha escuchado hablar alguna vez del frasco de Dewar? Imagino que este nombre no le resulta familiar.  Sin embargo, son tantas las razones que usted tiene para estar agradecido de este extraordinario frasco, que de seguro el señor Dewar se sentiría muy defraudado si supiera que usted desconoce su nombre.  Permítame decirle que gracias al frasco ideado por sir James Dewar (1842-1923) usted puede mantener caliente durante muchas horas el agua recién hervida, y así disfrutar de un agradable café o un té durante una fría mañana de invierno.  También puede conservar bien helado un refresco o una limonada para saciar su sed mientras goza de la playa y el Sol.  Incluso usted, devoto padre de familia, puede llegar muy tarde en la noche después de su trabajo, y encontrar su cena caliente y lista para servirla, porque su esposa se ha preocupado de guardarla dentro de un frasco de Dewar.  Podría citar muchos otros ejemplos, pero no quisiera continuar alimentando sus sentimientos de culpa por no recordar al buen señor Dewar.

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La vida del célebre matemático húngaro John Von Neumann está repleta de sabrosas anécdotas. Entre mis predilectas se cuenta que en cierta ocasión le propusieron un problema muy singular, cuyo principal protagonista era una mosca: Dos trenes separados por una distancia de 200 kilómetros (km) se ponen en marcha simultáneamente uno hacia el otro, con una rapidez de 50 kilómetros por hora (km/h). En el mismo instante, una mosca que se encuentra posada en el extremo delantero de uno de los trenes, emprende vuelo hacia el frente del otro, con una rapidez de 75 km/h. Al llegar al segundo tren, la mosca regresa inmediatamente al primero, sin perder tiempo, y así continua su recorrido de un ferrocarril hacia otro, viajando siempre en línea recta, hasta que finalmente los trenes chocan con la mosca en medio. ¿Cuál es la distancia recorrida por la mosca?

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Nunca he sentido especial afecto por la filosofía de Rene Descartes (1596-1650).  Aquel solemne “pienso luego existo” enunciado por el filósofo francés hace más de tres siglos, y que muchos consideran una de las frases más notables que registra la  historia del pensamiento, jamás me ha parecido una conquista intelectual muy impresionante.  Espero que mi falta de sensibilidad filosófica no moleste a aquellos lectores más dotados para apreciar los intricados matices de la reflexión cartesiana.  Debo confesar, eso sí, que luego de descubrir aquel sorprendente artefacto conocido como Ludión o Diablillo de Descartes, mi opinión acerca del ilustre pensador mejoró ostensiblemente.  Desde luego, también admiro a Descartes por sus brillantes contribuciones a la matemática y por sus originales aunque poco afortunadas incursiones en la física, pero su diablillo me ha sorprendido y también me ha divertido mucho más que cualquiera de sus otras creaciones.

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En una de sus frases más recordadas, Albert Einstein afirmaba con  humor y perspicacia que: la vida es como andar en bicicleta, para conservar el equilibrio debes mantenerte en movimiento. La génesis de esta frase no es hecho meramente anecdótico, pues se cuenta que el gran científico era muy aficionado al pedaleo.  Incluso se ha dicho que Einstein se encontraba conduciendo una bicicleta cuando descubrió algunas ideas fundamentales que habrían dado forma a su célebre teoría de la relatividad.  Sin embargo, más allá de las elucubraciones que le llevaron a revolucionar la física del siglo XX, es evidente que mientras Einstein pedaleaba, su incansable y agudo intelecto debe haber considerado problemas de muy diversa índole.  Incluso puedo imaginarlo meditando acerca de alguna curiosa propiedad física de las bicicletas.  Una pregunta muy interesante que el ilustre científico podría haberse formulado, y que guarda directa relación con la fotografía que parece abajo, es la siguiente: ¿Por qué se inclina la bicicleta cuando tomamos una curva?

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Para quienes disfrutan devanándose los sesos con espinosos acertijos científicos, quisiera proponerles un problema que comenzó a inquietarme desde muy joven, y que seguramente le ha quitado el sueño a más de algún lector.  Imagine que desea determinar el peso de una cierta el peso de una cierta cantidad de aire contenido en un recipiente herméticamente cerrado.  La física afirma que las partículas que componen el aire se encuentran volando en todas direcciones.  Entonces cabe preguntarse, ¿qué indicaría una pesa sobre la cual se deposite el recipiente? ¿Mostraría un valor intermitente debido al incesante movimiento de las partículas? ¿O quizá registraría únicamente el peso del recipiente, como si dentro de este se hubiese practicado un riguroso vacío?

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Si usted fuese un atleta deseoso de imponer un nuevo récord olímpico, por ejemplo, en el lanzamiento de la bala, el disco, el salto largo o la jabalina, y tuviese que escoger entre Beijing y Santiago como sede de las próximas olimpíadas, ¿cuál de estas ciudades escogería? Mientras su mente busca afanosamente una respuesta, le cuento que yo no dudaría en escoger Santiago.  Para evitar suspicacias debo aclarar que esta elección no se debe al natural afecto que siento por mi cuidad natal, ni tampoco a que me encuentre imbuido de un profundo espíritu patriótico.  Nada de eso, mi elección obedece a razones de índole estrictamente científica, pues un deportista ubicado en Santiago tiene un peso aparente menor que en Beijing, de modo que con el mismo esfuerzo puede dar saltos de mayor longitud o altura, lanzar la bala, el disco o la jabalina más lejos, etc. ¿Le sorprende que mi cuidad natal posea tan notables características? A decir verdad no debería sorprenderse pues, en lo que respecta al problema que nos ocupa, Santiago no tiene nada especial salvo que su latitud es menor que la de Beijing.

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